Adentrarse en El Cartógrafo es sinónimo de dejarse llevar, de sumergirse en un recorrido que se va componiendo poco a poco, gesto a gesto, palabra a palabra. Una obra que puede catalogarse de grandiosa estando desprovista de excesos, asentando la grandilocuencia en el texto y la acción, en la dirección y el trabajo interpretativo. Una propuesta que recuerda que el teatro hace posible lo imposible con muy poco.

(Valladolid 10.11.2016) Llegada al teatro. El escenario está abierto y desprovisto de una escenografía concreta, tan sólo cuenta con varios elementos. Destaca que todo lo que se muestra tiene el mismo color, un pantone que también es el protagonista del vestuario.

Blanca y José Luis (actores) aparecen en escena adelantándose el trabajo que se va a presenciar. Antes de dar comienzo a la obra, acotan el escenario con líneas blancas, marcando un  mapa inicial, definiendo el espacio de acción. Una vez lista esta parcela, los actores pasan a ser personajes, un juego constante en la representación, en el que Blanca y José Luis son la transición de un personaje a otro, un trabajo interpretativo sin pausa que mantiene vivo al espectador durante las más de dos horas de espectáculo.

(Varsovia 1:400.000) La trama puede resumirse en la historia de Blanca, esposa de Raúl, que por cuestiones laborales de éste se encuentra en Varsovia, lugar en el que la casualidad la lleva hasta un misterioso mapa en el que comienza a interesarse. Este mapa no es un mapa cualquiera, es un mapa que oculta la historia de un anciano y una niña que viven dentro del gueto judío establecido en la ciudad por la Alemania nazi. Blanca se obsesiona con descifrar ese contenido y busca por todos los medios dar solución a lo que estas misteriosas líneas esconden.

(Valladolid 10.11.2016 en Varsovia 1:400.000) El cartógrafo no es una obra que se queda en la trama, la historia es sólo la superficie del mapa, el trazo visible que esconde tras él los verdaderos conflictos de los personajes, de todos. A medida que avanza,  la “realidad” se va transformando hasta convertirse en un juego de muñecas rusas, en las que al abrir una historia, aparece otra. El mapa se convierte en el hilo conductor de la obra en todo momento. El mapa entendido como reflejo de recorrido y emociones, el mapa como guía y testigo del viaje, como camino y surco de la vida de estos personajes hasta llegar a un final en el que Blanca y Raúl deciden plegarse, como los mapas, para desplegarse, como los mapas. Es en ese momento cuando el rojo que mancha la escena toma sentido, cuando una vez desdoblado el mapa de los protagonistas, se abre una nueva historia, en la que este final es una metamorfosis hacia un nuevo principio.

(1:400.000) Escala de reducción usada para objetos de gran tamaño. Mayorga avisa, las líneas de este mapa tienen en cuenta la escala, el espectador se aproxima a una historia compleja en la que es necesario detenerse para llegar a comprenderlo todo. Blanca y José Luis traducen lo que estas líneas esconden con maestría. Un trabajo generoso a dos bandas apabullante donde los actores no dejan de jugar en todo momento, un juego tan bien ejecutado que no interfiere en que el espectador se involucre con Blanca, Raúl, la niña o el anciano.

Durante todo el recorrido, Juan Mayorga realiza un trabajo magistral como director y dramaturgo, nos recuerda que los mapas sirven para contar historias, salvar vidas, completar espacios transformados sin sentido y reconstruir todo aquello que vivimos, por insignificante que sea. Líneas en las que lo importante no es marcar las fronteras, sino el recorrido que nos ha llevado hasta ellas. Trazos, que se transforman en texto a través del cual contar aventuras, desgranar espacios, saborear sensaciones y viajar en el tiempo, siendo conscientes del pasado para poder hacer frente al futuro con coherencia.

Salvador Gil. @salvagil_

“El Cartógrafo” podrá verse en el Teatro Central de Sevilla los próximos 9 y 10 de diciembre.

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